La Deuda Impagable



Capítulo 1: 𝐋𝐚 𝐃𝐞𝐮𝐝𝐚 𝐈𝐦𝐩𝐚𝐠𝐚𝐛𝐥𝐞

Quizás el reto más grande para los padres que trabajan fuera del hogar es asegurar alternativas de cuido seguras y confiables para sus hijos. Antes de que Caro naciera en 1994, tuvimos la suerte de contar con una señora llamada Yolanda, quien había cuidado a los hijos del primo de Néstor. A las diez semanas de parir, me tocó volver al bufete. Esa horrible transición fue más manejable sabiendo que Yolanda cuidaba a Caro en nuestro apartamento.
Pero en menos de dos meses me topé con una de las crisis más grandes que enfrentan las mamás profesionales: Yolanda nos anunció que debía renunciar en dos semanas para cuidar a su esposo, afectado por cáncer. ¿Y ahora, qué?
En aquella época no había mensajes de texto, WhatsApp ni Facebook para buscar una nana sustituta. Al salir del trabajo, Néstor y yo visitamos varios centros de cuido, y a mí se me partía el alma al ver las filas interminables de cunitas. No iba a estar tranquila dejando a mi Caro, con apenas cuatro meses, en ninguno de esos lugares.
Se nos ocurrió publicar un anuncio en los clasificados del periódico. Mala idea. Malísima. El teléfono no paraba de sonar — y recuerden, en 1994 tampoco existían los iPhones ni el caller ID. No tuvimos más remedio que poner una contestadora. En la primera semana, la máquina se quedó sin espacio. Llamaban hasta de madrugada. Apagué la máquina y descolgué el teléfono después de que una mujer dejó un mensaje diciendo: "Cara*o, ¿pa’ qué se anuncian si no van a contestar el j*dío teléfono?"
Entre ese mar de mensajes encontramos algunos prospectos prometedores. Entrevistamos a dos o tres señoras en nuestro apartamento, mientras mi suegra Ruth se ocupaba de Caro en otra área, con el oído (y su 𝘩𝘦𝘢𝘳𝘪𝘯𝘨 𝘢𝘪𝘥) pendiente a cada entrevista.
Tuvimos la suerte de encontrar a una mujer de cincuenta y pico años, retirada de una multinacional. Tenía buenas referencias y se notaba que era culta, educada, cariñosa y muy profesional. ¡Nos pegamos en la Loto!
Cuando se fue la señora, nos topamos con los hermosos ojazos verdes de Ruth, cargados de una mirada que mezclaba desaprobación, celos… y algo más.
"No me gusta esa señora", nos dijo.
"¿Qué es lo que no te gusta?", preguntamos.
"No sé. No me gusta. Y ya.", ripostó.
Resulta que la Ruthie estaba maquinando algo. De momento soltó:
"Si ustedes me pagan lo que gano en la agencia de viajes, yo renuncio y vengo todos los días a cuidar a Caro."
¿Qué más se podía decir sino ALELUYA?
¿Quién mejor para cuidar a Caro que su propia abuela? Y así fue como, a los 65 años — cinco más de los que tengo yo ahora — mi suegra Ruth se convirtió en la nana de quien hoy es la mamá de mi nieta Alex.
Y a diferencia de mí, que la cuido dos días y medio desde mi casa, esa titana guiaba hasta mi apartamento a diario, y allí estaba toda la semana, de 8:00 a.m. a 6:00 p.m.
A los dos años llegó Laura. Por cuatro meses, a sus 67 años, las cuidó a las dos juntas todo el día. Cuando Caro empezó la escuelita, Ruth la recogía al mediodía con Lala de bebecita en el carro.
Y así siguió, año tras año tras año: las recogía en la escuela, las llevaba al pediatra, al dentista, a ballet, fútbol, tenis, niñas escuchas, campamentos. Se las llevaba de shopping y a casa de sus amiguitas. Tenía un fan club en el estacionamiento de la escuela (hizo más amistades con las otras mamás que yo misma). Cuando yo llegaba a casa, Caro y Lala siempre estaban bañadas, con la mayoría de las tareas hechas… y habiendo cenado.
¡Ruth se tiró esta maroma por 15 años! Se “retiró” a los 81, cuando Caro sacó su licencia de conducir.
Habiendo cuidado yo a Alex por apenas unos meses a tiempo parcial, estoy estupefacta escribiendo esta crónica. ¿De dónde rayos sacaba la Ruthie esa energía? Porque nunca se quejó. Porque siempre me recibió al final del día con una sonrisa de lado a lado. Wow. Wow. Wow.
Néstor y yo siempre nos aseguramos de que tuviera un buen “paquete de compensación”: aumentos periódicos, bono de Navidad, carro, celular y cualquier cosa que necesitara. Después de que se “retiró”, su compensación no cambió…simplemente se convirtió en su “pensión”.
Pero la realidad es que lo que hizo Ruth por mi familia no tiene precio. Fue y siempre será una deuda impagable.
Mis hijas aprendieron de su Tata tantas y tantas cosas: a cocinar, a tejer, a leer. Aprendieron empatía, la importancia de la familia, el valor del sacrificio, el poder del afecto, a decir “te amo”, a dar abrazos apretados. Y, sobre todo, aprendieron el amor incondicional. Mis hijas son las mujeres que son porque Ruth las crió. Y punto.
La foto que escogí para esta crónica no captura la belleza física de Ruth (que era de esas que paran el tráfico), sino algo más importante: pura complicidad entre abuela y nietas. Una relación única, de confianza, de cercanía, de afinidad, de esas que no se repiten.
Podría contar mil anécdotas sobre esa relación, pero los dejo con estas:
Cuando Caro se casó con Amanda, le pidió a su Tata que desfilara como 𝘧𝘭𝘰𝘸𝘦𝘳 𝘨𝘳𝘢𝘯𝘯𝘺. Ruth se robó el show, fabulosa como siempre, caminando con su andador adornado de flores.
Cuando Lala se comprometió con Jeff, le insistí que llamara a su Tata esa misma noche. Ella quería esperar al día siguiente — eran como las 9:00 p.m. en Puerto Rico — pero le dije: uno nunca sabe lo que trae el mañana. Y así lo hizo. Día y medio después, Ruth amaneció sintiéndose mal. La llevaron al hospital y falleció esa misma noche, a los 95 años.
¿Casualidad? Quién sabe. Ruth siempre nos preguntaba ¿cuándo se casan?
Cuando cuido a Alex, siento que por fin estoy atendiendo esa deuda impagable. No sé si hay una forma exacta de decirlo en español, pero creo que estoy 𝘱𝘢𝘺𝘪𝘯𝘨 𝘪𝘵 𝘧𝘰𝘳𝘸𝘢𝘳𝘥. Quiero que Caro y Amanda se vayan a trabajar tranquilas, sabiendo que Alex está en un ambiente lleno de amor y estímulo. Quiero darle a Alex el mismo amor incondicional que mis hijas recibieron de su Tata.
Y espero que Dios me dé salud y años de vida para contarle a mi nieta — Alexandra Ruth — sobre la inmensidad de espíritu de su tocaya.
Gracias por siempre, mi querida Ruth.
xoxo, Marilú (Lulu)

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