El Mochuelo



Capítulo 3: El Mochuelo

La cigüeña me depositó en el nido de Papi y Mami diez años después de que naciera Eddie, el hermano que me precede. Tere y Sylvi estaban a punto de cumplir catorce y doce años. Con semejante tribu de hermanos mayores, era inevitable: me convertí en el juguetito de la familia.

Para Papi, sin embargo, mi llegada fue algo más que una alegría — fue una pequeña obsesión. Mami me contaba cómo se acostaba a dormir en el suelo, justo al lado de mi cuna, para asegurarse de que yo siguiera respirando durante la noche. Recuerden que en 1966 los monitores de bebé aún no existían.

Papi era mi mochuelo.

El mochuelo (Athene noctua) es una especie de búho pequeño pero imponente, muy común en España y en gran parte de Europa. Es un observador excepcional: puede girar la cabeza casi 360° para no perderse nada de lo que ocurre a su alrededor. Vigila. Espera. No descansa.

Así me imagino a Papi en aquellas noches — con los ojos bien abiertos en la oscuridad, atento a cada respiración, a cada movimiento dentro y fuera de la cuna. Porque así de sobreprotector fue durante toda mi vida.

Sesenta años después, me toparía con otro mochuelo. Les cuento.

Empecé a cuidar a mi nieta Alex cuando tenía apenas tres meses — justo en la ventana más peligrosa del síndrome de muerte súbita del lactante, conocido por sus siglas en inglés, SIDS. Según el CDC, el SIDS es la principal causa de muerte en bebés de entre uno y doce meses. El 90% de los casos ocurre antes de los seis meses, con una mayor concentración entre el primero y el cuarto mes de vida.

Cuando nacieron Caro y Lala en los noventa, la gran novedad fue acostar a los bebés boca arriba para reducir el riesgo de SIDS. Cada vez que Mami y Papi las veían así — ellos, médicos formados en otra época — pegaban el grito en el cielo. En su tiempo, los bebés dormían boca abajo, por si vomitaban durante la noche y se ahogaban.

Gracias a Dios, hoy existe el sistema Owlet — o mochuelo, en buen español.

El Owlet se ha convertido en mi mejor aliado. Tiene dos componentes. 

El primero es un pequeño calcetín inteligente que Alex lleva puesto mientras duerme: mide, segundo a segundo, su frecuencia cardíaca y sus niveles de oxígeno. Si algo va mal, chilla mi celular y el de las mamás de Alex. 

El segundo es una cámara que apunta directamente a su cuna — no solo la vigila, sino que también registra la temperatura y la humedad de la habitación. Si el ambiente no es el adecuado, los celulares vuelven a chillar.

El Owlet hace dos cosas a la vez: cuida a Alex del SIDS y atiende mi ansiedad sin necesidad de Klonopin. ¡Espectacular! A Papi le hubiese encantado.

El sistema me pareció tan ingenioso que, al principio, le dejaba la media inteligente puesta todo el día. Así, las mamás de Alex podrían comprobar en tiempo real que su hija estaba vivita y coleando en El Cuido de Lulu.

Lo pensé con toda la lógica del mundo — recordando lo ansiosa que me ponía cuando llamaba a Ruth para preguntar por las nenas y no contestaba el teléfono. Claro que probablemente no contestaba porque tenía el audífono apagado o porque el volumen de la telenovela estaba demasiado alto. 

La idea del all-day Owlet duró poco.

Después de dos o tres paseos con Alex y la media puesta, tuve que abandonar el plan. En cuanto te alejas del radio de alcance de la base del Owlet, esa vaina se desata — chilla como loca en mi celular y, simultáneamente, en los de las dos mamás. Imagínense el pánico colectivo.

You live and learn.

Entonces llegó el día en que, por primera vez, me tocó cuidar a Alex overnight. Sus mamás tenían una boda en otra ciudad y yo accedí sin preocupación alguna porque contaba con mi adorado Owlet.

El plan estaba plancha'o. Me iría a dormir al cuarto de visita, junto a la cuna de Alex, por si acaso se despertaba en la noche. Podría hacerlo tranquila, sabiendo que la media inteligente montaba guardia.

Pero el hombre propone y Dios dispone.

El viaje se había planeado con bastante antelación, cuando Alex todavía era bien bebita y dormía estrictamente boca arriba — la posición recomendada para prevenir el SIDS.

Lo que no estaba en el guión era que justo esa semana a mi adorada Alexita se le ocurrió descubrir que podía virarse en la cuna. Y que, boca abajo, también dormía de maravilla.

Esa noche, el espíritu de Papi, el Mochuelo, invadió mi cuerpo.

La chicharra del Owlet nunca sonó. Pero yo reboté despierta, hora tras hora, para asegurarme de que la cabecita de Alex estuviera girada de lado — que la naricita quedara libre, que el aire le llegara, que siguiera respirando.

La Alexita Ruthita durmió de un tirón desde las diez de la noche hasta las siete de la mañana. Se despertó risueña, radiante, lista para una mañana de aventuras en el Cuido de Lulu.

¿Y Lulu?

Lulu amaneció con unas ojeras hasta el suelo.

Como las de Papi, imagino, cuando dormía en el piso al lado de mi cuna.

Mi reseña en Amazon del Owlet: 5 estrellas, una chulería, un must have. 

Pero ningún gadget en el mundo supera ese instinto de mochuelo que no necesita de wifi, bluetooth o batería y que se enciende solo cuando quieres proteger a quien amas con toda el alma.

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